Como profesional de la orientación que desempeño mi labor en niveles no universitarios, considero la labor tutorial como una parte fundamental de la función docente y un factor determinante de la calidad de la educación. La figura del tutor es un elemento básico dentro del sistema educativo que,  como el resto de profesionales que intervienen en el mismo, debe adaptarse permanentemente y adecuar su labor a las nuevas circunstancias y necesidades del alumnado actual y de su entorno.

El tutor o tutora programa y planifica su intervención, detecta y valora necesidades, toma decisiones, coordina, deriva, informa y comunica, ayuda, aconseja, orienta, evalúa… Y, además, dirige su intervención no solo a su alumnado sino también, al equipo docente, a las familias, e incluso a otras instancias que puedan incidir en el proceso educativo de su grupo.

No abundaré aquí en el análisis pormenorizado de unas tareas que; aunque amplias, variadas y complejas; no dejan de ser ya suficientemente conocidas, abordadas y analizadas desde la propia práctica. Sirvan simplemente estas líneas para aportar algunas reflexiones personales sobre la propia función tutorial en las diferentes etapas educativas, con especial referencia a la formación profesional.

En mi ya dilatada trayectoria como orientador, he tenido la oportunidad durante más de dos décadas de colaborar con muchos profesores en su desempeño de la labor tutorial en los niveles de secundaria y bachillerato. Afortunadamente, considero que con esfuerzo y dedicación la mayoría ha sido capaz de solventar los retos que una tutoría cada vez más exigente les ha planteado, y ello a pesar de un sinfín de dificultades con las que se topaban; entre las que quiero destacar, la escasa formación de partida o la poca consideración de esta figura en el entramado organizativo de los centros.
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Que en el día a día, con buena voluntad, se consigan superar las carencias y trabas de la tutoría, no ha de ser óbice para reclamar una figura que, aparte de formación curricular, disponga de las necesarias competencias psicopedagógicas, personales y sociales que faciliten la relación personal con los tutorados y sus familias, y la resolución de los conflictos y problemas que pudieran darse.

La tutoría es, sin duda, una labor que dirige su atención hacia el alumnado de manera  integral en relación a las necesidades educativas de cada cual. Asimismo, es una acción orientadora  liderada por el tutor o tutora y desarrollada en equipo junto con el resto del profesorado, que la aborda de manera individual y grupal, y que es capaz de aglutinar lo académico y lo personal.

Es precisamente en esta concepción de la tutoría como una parte indisociable de la función docente donde a mi entender he apreciado una gran evolución en el profesorado de las etapas de ESO y Bachillerato a lo largo de los últimos años. Afortunadamente, ya no es fácil encontrar profesores renuentes a asumir el hecho de que tutorizar, como educar, es algo más que enseñar.

Cuando hace ya seis años me planteé el traslado a un centro integrado de formación profesional, como al final hice, me asaltaron de partida algunas dudas sobre cómo sería la labor tutorial y orientadora en esta etapa. Para empezar, iba a uno de los pocos centros integrados de FP del País Vasco que disponen de un orientador de la especialidad de orientación educativa. También me extrañó el hecho de que se hablase de Departamento de Información y Orientación Profesional, denominación que mantiene y es la oficial en la actualidad. ¿Querría eso decir que la orientación y la tutoría en la FP solo debía centrarse en lo profesional?, ¿No habría más necesidades? , ¿Cómo se podría organizar la tutoría en los diferentes niveles?, ¿Con qué prioridades?…

Pues bien, transcurrido este tiempo como orientador en FP, la valoración que hoy hago es muy clara: la orientación profesional, con ser un ámbito de la orientación básico y fundamental en esta etapa, no ha de ser el único. Las propuestas de intervención en tutoría y orientación en la FP han de contemplar una mayor amplitud de miras y ser concebidas desde una visión integral de la persona, que participe del concepto de orientación a lo largo de la vida y, por tanto, abierta a todas las dimensiones de la orientación.

Las necesidades de orientación y tutoría del alumnado de un centro de formación profesional actual son muchas y muy variadas, y se corresponden con las diferentes vertientes de la orientación. Como es lógico, buena parte de las demandas se centran en el ámbito de la orientación profesional y del acceso al empleo. Es por lo que precisamente en esta etapa existe el módulo específico de FOL (Formación y Orientación Laboral), transversal a cada uno de los ciclos formativos de las diferentes familias o especialidades profesionales. En mi opinión, la colaboración y coordinación de la labor del orientador y del profesorado de FOL en un centro de FP es básica y fundamental (Zarate, 2015).

Asimismo, es indudable que hoy en día en nuestros centros de FP, y los tutores de esta etapa lo saben mejor que nadie, se evidencian claras y constantes necesidades de apoyo relacionadas con el desarrollo de los procesos individuales de enseñanza-aprendizaje; así como las generadas por otro tipo circunstancias de carácter personal o emocional, que en muchos casos condicionan seriamente el progreso formativo del alumnado.

La adecuada respuesta a la diversidad del alumnado en los centros integrados de FP es un enorme reto para todo su profesorado, y en especial en el desempeño de una labor tutorial inclusiva porque las dificultades o los diferentes ritmos y estilos de aprendizaje, así como las necesidades específicas de algunos no son para nada circunstancias ajenas al alumnado de esta etapa educativa.

Los gestores de la Formación Profesional han de ser conscientes de ello, no eludir esas legítimas demandas, y en la medida de sus posibilidades propiciar las medidas más satisfactorias, especialmente en un momento como el actual en el que se aspira a un “cambio de paradigma que coloca a la persona en el centro, promoviendo la adquisición o consolidación de competencias técnicas, personales y sociales que garanticen la polivalencia y funcionalidad necesarias” (LEY 4/2018, de 28 de junio, de Formación Profesional del País Vasco.)

En mi opinión, para que este edificio en construcción que es la nueva Formación Profesional emerja sólido y rutilante, no puede descuidarse uno de sus pilares básicos, como es el de asegurar una labor tutorial que desarrolle una orientación global y adaptada a todas las necesidades de su alumnado. Para ello, es básico contar con el apoyo de un Departamento de Orientación  compuesto por diferentes profesionales, especializados en los diferentes ámbitos de la orientación y el empleo; así como también, apostar decididamente por la especialidad de la orientación educativa (Zárate, 2018), y generalizar esta figura en todos los centros integrados de Formación Profesional.

 

Referencias:

LEY 4/2018, de 28 de junio, de Formación Profesional del País Vasco. BOPV. N. º 129, de 5 de julio de 2018  p. 3494 (2/35)

Zárate, A. (2015). Profesorado de FOL y orientadores: una apuesta conjunta para la FP actual. Recuperado de: https://www.educaweb.com/noticia/2015/03/23/profesorado-fol-orientadores-apuesta-conjunta-fp-actual-8754

Zárate, A. (2018)  ¿Es necesario contar con la especialidad docente de “Orientación Educativa” en los centros integrados de FP?  Recuperado de: http://www.meoriento.com/orientacion/es-necesaria-la-presencia-de-la-especialidad-docente-de-orientacion-educativa-en-los-centros-integrados-de-fp

 

Autor: ANGEL ZÁRATE ARGOTE

ORIENTADOR DEL CENTRO INTEGRADO DE FORMACIÓN PROFESIONAL MENDIZABALA DE VITORIA-GASTEIZ